PREVIO:

El sol no se pone, tardarán en llegar las lluvias y Hans Rosenfeldt nos invita a conocer un universo abyecto y sorprendente. En verano cruzan los bosques algunos animales, hasta que cierto cazador, depravado y furtivo los envenena.

Esos bosques y el sol…

Nos acercamos a Helsinki.

Luz radiante, quietud en sus calles y silencio en las poblaciones de alrededor abrigadas al calor de un sol que no dejaba de brillar.

Los bosques nórdicos animan a pasear, provocan al caminante. Pero no son buenos lugares para ajustar cuentas ni para esconder pruebas que acusen a criminales curtidos. Alguna rodada de coches potentes delata que hay más vida a pesar del tupido cortinaje que asombra al visitante allá arriba, en Finlandia, en localidades inhóspitas llenas de secretos.

La familia. Ese núcleo social tan deseado; propio del sur y del interior, lazos de sangre, recovecos misteriosos que unen y separan; un escudo protector, cueva de vida y de muerte. Más allá de religiones, de ética y moral, el pecado se paga.

Un olvido, un descuido, la rapidez del momento y el abandono de la pequeña, sola esperando en el coche, amarrada a su sillita. La mente nos juega malas pasadas: no va a suceder nada, es solo un momento. Ahora vuelvo.

Las noticias repetían su desaparición…

Fue morir en vida, nunca se lo perdonaría: ni el amor de su marido le daba tregua ni la comprensión ajena calmaba su maltrecha conciencia.

La obligación de una madre y el cumplimiento de sus deberes. Nunca más podría engendrar más vida y de hacerlo, sería incapaz de amar, de cuidar y proteger.

Como la manada de lobos que vela por la cría.

La vida seguía allá, entre árboles y ríos, puentes y casas uniformes, ordenadas.

Los padres no quieren a esa niña de zapatito de charol rojo que solo llora y come. Crece entre el sufrimiento que le infligen y se construye una corteza impermeable que la salvará de joven de cualquier atropello.

Ella va a vengarse de todo y de todos. No hay más salida.

El silencio en aquel bosque en cuya cabaña descansamos resulta atronador. El lago helado nos recibe para sumergirnos y rápidamente salir: entramos en la sauna. Los músculos casi se congelan.

Contraste térmico: despiertan emociones adormiladas. No hay palabras para el misterio de la naturaleza que nos rodea. La nieve y la luz ciegan de camino al coche.

Ahí estamos todos sonrientes de vuelta a la ciudad.

A los lados de la carretera, a tramos helada, la imaginación vuela al atisbar casas diseminadas, granjas de tejado rojo. No se percibe movimiento. Se masca la mordaza.

Un buen sitio para refugiarse…

Y siempre rumiar el presente tan injusto. Sin posibilidad de acceder a mejor y más fácil vida; acomodarse a las ayudas públicas. Resistir y romper ataduras. La madre doliente, lucha por no revivir memorias, la hija raptada no se aviene a contemplaciones. Quejas soterradas, salvación imposible.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…parece salmodiar el coro atenazante que no cesa de recordar un pasado en carne viva.

El dinero, la avaricia, devolver a cada uno lo justo.

La igualdad que se aprecia en el ambiente de ese país se enmascara con un punto en la boca: mejor pensar bien lo que se va a decir y no decir lo que se piensa.

Trapicheos y negocios de medio pelo, en el borde de la ilegalidad, cruzar la frontera y asaltar al débil y al necesitado.

Esa familia que disfraza su locura y sus miserias bajo el alcohol. Ellos se apoyan. Sexo rápido para no salirse de la pintura matutina y del día que se repite una y otra vez; cada uno ocupa su lugar. El estado del bienestar, la capital permisiva, las gentes apacibles.

Nada es lo que aparenta…

Un barco nos acerca a Tallin. Medievo en estado puro. Al regresar, borrachos bailan dando traspiés en la pista central de una nave que se mueve pesada hacia el origen del día. El punto de partida jocoso y despreocupado. Mañana será otro día. El luteranismo a flor de piel.

Felicidad templada, gestos comedidos, pocas palabras, saludos y despedidas sin aspavientos. El interior hierve de pena, tristeza y dolor y se les escapa por las costuras.

Gritar, nunca. Llorar, poco. Sobrevivir en medio de unos paisajes recónditos: los rayos solares trepanan esos bosques. Mudos. Si alguien pregunta, la callada por respuesta.

En los ojos se adivina pesadumbre, lastre anímico, la garganta en un nudo cuyo alarido pugna por salir. Lo sabes todo. Lo saben todo. Una hija adulta y anónima, mejor muerta que atizando dentelladas sin reconocer la más leve rendija de perdón y piedad.

Ella no puede ni sabe rasgar la tupida maraña de sentimientos atroces encenagados para vivir en paz. Y su madre también lo sabe.

Por fin se desata un temporal atronador. Sombras y muerte. El río que la arrastra. Un cuerpo inerte nunca encontrado.

Quizá se pueda enmendar la tragedia. En otro país, en otro lugar con otro sol y en medio de esos bosques con lobos amigos.

Es verano…

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