PREVIO:

En compañía de Soren Sveistrup y Christian Andersen nos adentramos en el viento de la capital danesa: enclaves y misterios. Vivencias personales de la autora que recuerda su primer viaje a Copenhague. El tiempo y la imaginación se diluyen en este Bóreas 2 que mezcla caracteres, recuerdos y ensoñaciones. Siempre, historias.

La lluvia del otoño en Copenhague…

Iniciar un itinerario plácido, aviva las sospechas

Mis anhelos tropezaron con algún escollo

Conocer a tu padre. Saber quién es tu madre. Amanecer en un hospicio, despertarse en un orfanato y desayunar con una familia que tu sangre grita ¡¡no es la tuya!! Los sentidos, alerta. El pulso palpita. Sensaciones a flor de piel. Y ellos, padre y madre que te acogen, os lo explicarán más adelante, cuando vayan pasando los años. Compartes mesa y mantel con una hermana mayor: esa sí es hija de unos progenitores que disimulan su perversión y su cariño disfrazado de maldad: un auténtico horror. Silentes y a hurtadillas usan y abusan de los pequeños, mellizos.

Nunca van a olvidar la depravación de la que son objeto una y otra vez, un día y otro también.

Siempre llueve…

En aquel sótano, un escondrijo excavado para saciar sus pasiones, calmar sus vicios; voces ahogadas, secretos en el andamiaje de una cueva doméstica que nunca se ilumina: solo un foco penetrante dirigido hacia ese cuerpo infantil y débil.

Amordazada, atada: una marioneta en manos de un perturbado. Y este drama que no termina nunca.

“Pero nos tratan bien”: alimentos y un catre para dormir o descansar o acabar con los huesos desencajados y los músculos agarrotados.

Crecer con el desapego afectivo. Rumiar la huida y no dejar de pensar en la venganza.

Ese esqueleto maltrecho se va a descoyuntar en la figura madura de la responsable que provoca y perpetúa el sinsentido diario que observan muros inaccesibles.

Llueve…el otoño en Copenhague es así

Parecen personajes del atribulado Andersen. El cuentista que hacía encogerse de miedo a los niños lectores de sus historias, por eso, porque eran suyas y necesitaba escupirlas.

Como los dos adolescentes que nunca van a superar el delirio y la ensoñación de un sufrimiento atroz.

Y llega la delación: la hermana mayor no soporta su compañía, ignorante de la tragedia soterrada que a duras penas mascan los menores. Al final, comienza el sendero espinoso de un ir y venir a hogares distintos, instituciones más o menos protectoras. Separados por el cordón umbilical del desconsuelo de saberse juntos en el dolor.

Mayoría de edad, y a la ciudad. Cada uno por su cuenta: él encuentra a ella y la va a amparar: desterrar los desafueros pretéritos. El vaivén por los alrededores de Copenhague, bosques colindantes, granjas que salpican la extensa planicie hasta donde la mirada alcanza. Placidez. Eso parece.

El otoño en Dinamarca es suave, el sol se asoma en el cielo encapotado, gris.

Soren Sveistrup lo conoce muy bien. Lo ha vivido y lo sigue haciendo con sus guiones.

Aterrizamos en el aeropuerto y nos reciben muchos ojos de tonalidades claras: son ojos apagados, cargados de tristeza y siempre silenciosos bajo una lluvia constante que empaña la llegada a nuestro refugio en una de las calles más céntricas.

Los padres, varones, empujan carritos con bebés y, otros, pedalean en sus bicis de las que arrastran, aferrado, un remolque lleno de niños que no hacen ruido cuando ya comienza a atardecer.

Domina el plomo de aquel domingo, hace tantos años, todavía grabado en mi memoria.

Tranquilidad conmovedora, inquietud en la atmósfera y luces mortecinas que van despoblando las vías. Pocos coches. Poco se oye.

Al día siguiente, vislumbramos puentes y la calle peatonal que divide a la ciudad en una perfecta cuadrícula.

El novelista del caso Hartung se mueve por los recovecos de unas vidas sin horizonte: vivir para cumplir una promesa que ficcionó en páginas e imágenes.

Sigue lloviendo…

Copenhague me desasosiega. Esa calma ¿plácida?

Todo parece tan ordenado, delineado con escuadra y cartabón; cuando uno se aleja del núcleo turístico, se encuentra callejuelas, rincones y meandros urbanos, torres picudas y tejados rojos; mansardas y canales.

Es ese aire de nostalgia, de miedo y lágrimas, de ilusión y deseo el que se cuela en los transeúntes con los que me cruzo: alguno de ellos, seguro, huérfano, con algún trauma por su infancia robada sin juguetes musicales, agazapado bajo un torrente de experiencias atropelladas, imborrables.

… Al crecer, se ha convertido en un adulto atorbellinado, brillante informático, de aspecto impasible, el azote de la justicia que le negaron al nacer.

Como los sabios clásicos intentó a lo largo de sus años conseguir la felicidad.

Paisajes urbanos y paisanaje bohemio: fantasía real y tanta realidad fantasiosa; de paseo por el bosque: recogemos hojas del suelo, terrosas y húmedas. “Escuchad: es el silencio que nos envuelve”.

Zozobra inquietante: hijos sin padres, padres postizos desaprensivos; el origen se pierde y renace la necesidad de encontrar raíces como las que hunden los árboles de los que se desprenden castañas. Crimen vengativo que todo lo cura y que restituye la justicia birlada aunque sea mutilando extremidades humanas, cercenando, matando amores y provocando decepciones, ahogando gargantas, asfixiando respiraciones convulsas.

Poco sentido del humor, miradas torvas, párpados caídos. Frio al mediodía.

Esa lluvia…

Resignación de figurantes y protagonistas, coros trágicos, velocidad en la persecución, el destino va a recompensar su sufrimiento.

Copenhague, esa ciudad atrayente y aristocrática, señorial y rancia, clasista y fría.

Aquí, todos iguales que no sobresalga nadie; tonos neutros en medio de una quietud sobresaltada.

Como si Soren fuera heredero de Christian, ambos inventan criaturas con la obligación de exorcizar fantasmas y espantar sombras para eludir complejos insuperables.

Clavan punzones, el aguijón y las espinas hasta la médula, gritos desalmados, inconsciencia herida, sentimientos perpetrados: lectura pavorosa.

Fogonazos de luz, desaparece la electricidad y el caos se instala entre las personas que corren sin saber hacia dónde ni por qué. Cuando una pieza del puzle no encaja se descompone el ser que pierde pie sin encontrar horizonte.

Siempre recordaré aquella pared fría.

Continúa lloviendo en Copenhague…

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