Sebastián Mirko Jumilla Rimazza

Yo creo que la música ayuda, sabes.

No a entender, porque en realidad no entiendo nada.

El perseguidor, Julio Cortázar[1]

Friedrich Nietzsche amaba de muchacho a Georg Friedrich Haendel y Ludwig van Beethoven. Más adelante, siendo un estudiante, se estremecía al escuchar las oberturas de Tristán e Isolda y Los maestros cantores, y comienza a venerar a Richard Wagner. Años después (y meses antes de caer en la locura), siendo ya un declarado enemigo de Wagner, asegura haber escuchado por vigésima vez Carmen de Bizet y manifiesta que esta música lo hace mejor persona.[2] Contradictorio y pasional, lo que está claro es que, para Nietzsche, quién dijo que la vida sin música sería un error, este arte fue fundamental en su vida y en su pensamiento. En Preludio hablado a un homenaje musical a Nietzsche, Thomas Mann escribe: “Nietzsche amó la música como nadie (…). Ningún otro arte estuvo tan cerca de su corazón como la música”[3].

El filósofo alemán escribe entre 1871 y 1872 el ensayo El nacimiento de la tragedia[4]. A grandes rasgos, una de sus tesis en este ensayo es que en la tragedia griega se encuentra el equilibrio entre lo apolíneo y lo dionisíaco, o sea, entre la forma y la expresión, equilibrio que desaparecerá con el pensamiento racional de Sócrates, donde vencerá lo apolíneo. Nietzsche creyó encontrar en el drama musical wagneriano un renacimiento del espíritu dionisíaco. Sin embargo, cuando Wagner estrena Parsifal, Nietzsche rompe definitivamente con el compositor, aunque antes ya se estaba esbozando un distanciamiento. Lo acusará de usar el teatro trágico y la música como un instrumento de redención cristiana y de consuelo, y de haber renunciado a la verdad.

Mi pregunta es que si hay algo condenable o reprochable en que la música pueda servir como consuelo. Soy tan ateo como Nietzsche, pero creo que tal vez puede seguir habiendo verdad en la música y esta puede ofrecer consuelo, y puede transformarnos, y también llegar a salvarnos. El pianista británico James Rhodes en su libro Instrumental cuenta que “(…) es un hecho irrefutable que la música me ha salvado la vida de una forma muy literal, (…) ofrece compañía cuando no la hay, comprensión cuando reina el desconcierto, consuelo cuando se siente angustia, y una energía pura y sin contaminar cuando lo que queda es una cáscara vacía de destrucción y agotamiento.”[5]

Así como el canto de las sirenas pudo llevar a Ulises a la perdición cuando regresaba a su casa en Ítaca, el mismo poder de la música lograba hacer llorar a dioses, calmar a fieras o dormir a Cerbero bajo el embrujo de la lira de Orfeo. Y tal vez las Ménades, no soportando ese poder, o no soportando poseer a quién lo poseía, despellejaron a este último.

Otro poder de la música, más terrenal, es el del que nos habla el músico Gustavo Dudamel: “La música tiene un poder de transformación social”. No olvidemos que Dudamel se formó en el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, bajo la batuta de José Antonio Abreu. Una fundación que busca “sistematizar la instrucción y la práctica colectiva e individual de la música a través de orquestas sinfónicas y coros, como instrumentos de organización social y de desarrollo humanístico”[6]. Hace más de dos milenios, los griegos también creían que la música servía para educar, formaba parte de la paideia. En Sobre la música, Arístides Quintiliano, teórico de la música griega, apuntaba que “la música, como ninguna otra, es la actividad más poderosa para la educación”[7]. Después, los cristianos, siguiendo lo pautado por el neoplatonismo de San Agustín y más tarde por Boecio, siguieron usando la música para transmitir su mensaje de salvación.

Treinta y cincos años antes del nacimiento de Nietzsche, el teatro de La Monnaie de Bruselas presenció el poder que tiene la música, una verdadera exaltación de los sentidos. La representación de la ópera La muda de Portici, del compositor francés Daniel Auber, acabó en una revolución: del teatro salió una multitud enfervorecida que pedía la caída del rey Guillermo I. En París, en su estreno, esta ópera ya había encendido pasiones patrióticas y en Bruselas, donde estuvo a punto de prohibirse su representación, el fervor del público fue mucho mayor. Esta ópera narraba el alzamiento de Nápoles contra la monarquía española en 1647.[8]

En la red clandestina conocida como “El ferrocarril subterráneo”, que ayudaba a los esclavos del sur de Estados Unidos a huir de sus “amos”, se transmitían los mensajes por medio de canciones. Otra vez la música como medio de salvación.[9]

Tal vez consciente del poder que podía tener la música si se la dejaba volar libremente, el Papa Juan XXII, en Aviñón, en su bula Docta Sanctorum Patrum (1324) condena el Ars nova. En ella decía que “La multitud de notas anula los sencillos y equilibrados razonamientos (…) corren y no se detienen jamás; embriagan los oídos”[10]. O sea, podría tener ese carácter dionisíaco que siglos después quiere recuperar Nietzsche.

Un disco sonando puede transformar una escena en literatura, al menos así lo creía Julio Cortázar en Rayuela:

“(…) miraban un disco que giraba lentamente, treinta y tres revoluciones y media por minuto, ni una más ni una menos, y en esas revoluciones Oscar’s Blues, claro que por el mismo Oscar al piano, un tal Oscar Peterson, un tal pianista con algo de tigre y felpa, un tal pianista triste y gordo, un tipo al piano y la lluvia sobre la claraboya, en fin, literatura.”[11]

En el bello y desgarrador poema “1964”, Jorge Luis Borges, quien está relatando un desamor, sentencia que “Un símbolo, una rosa, te desgarra y te puede matar una guitarra”[12]. El poder de la música es extraordinario. 

Bibliografía

Borges, Jorge Luis. El otro, el mismo. Buenos Aires: Emecé, 1969.

Cortázar, Julio. Las armas secretas y otros relatos. Madrid: Millenium, 1999.

———. Rayuela. Nanterre, Francia: ALLCA XXe, 1996.

Fubini, Enrico. La estética musical desde la Antigüedad hasta el siglo XX. Madrid: Alianza Música, 1988.

Mann, Thomas. Schopenhauer, Nietzsche, Freud. Madrid: Alianza Editorial, 2000.

Nietzsche, Friedrich. El nacimiento de la tragedia. Madrid: Biblioteca nueva, 2007.

Pérez Maseda, Eduardo. El Wagner de las ideologías: Nietzsche-Wagner. Madrid: Biblioteca nueva, 2004.

Quintiliano, Arístides. Sobre la música. Madrid: Editorial Gredos, 1996.

Rhodes, James. Instrumental: Memorias de música, medicina y locura. Barcelona: Blackie Books, 2015.


*Propuesta seleccionada tras el Encuentro de Primavera Filosofía-Música de la UAM que coordinado por el Prof. J. Birlanga se celebró el de mayo del 2023 bajo el título Escuchas nietzscheanas.

[1] Julio Cortázar, Las armas secretas y otros relatos (Madrid: Millenium, 1999), 20.

[2] Eduardo Pérez Maseda, El Wagner de las ideologías: Nietzsche-Wagner (Madrid: Biblioteca nueva, 2004).

[3] Thomas Mann, Schopenhauer, Nietzsche, Freud (Madrid: Alianza Editorial, 2000), 84.

[4] Friedrich Nietzsche, El nacimiento de la tragedia (Madrid: Biblioteca nueva, 2007).

[5] James Rhodes, Instrumental: Memorias de música, medicina y locura (Barcelona: Blackie Books, 2015), 8.

[6] «¿Qué es El Sistema? – El Sistema», accedido 19 de mayo de 2023, https://elsistema.org.ve/que-es-el-sistema/.

[7] Arístides Quintiliano, Sobre la música (Madrid: Editorial Gredos, 1996), 126.

[8] «Bélgica nació en la ópera», La Vanguardia, 29 de agosto de 2017, https://www.lavanguardia.com/internacional/20170830/43910224303/revolucion-independencia-belgica-opera-la-muda-de-portici.html.

[9] Rafa Panadero Carlavilla, «Canciones para escapar de la esclavitud», cadena SER, 3 de febrero de 2018, https://cadenaser.com/programa/2018/02/02/a_vivir_que_son_dos_dias/1517588009_441461.html.

[10] Enrico Fubini, La estética musical desde la Antigüedad hasta el siglo XX (Madrid: Alianza Música, 1988), 116.

[11] Julio Cortázar, Rayuela (Nanterre, Francia: ALLCA XXe, 1996), 72.

[12] Jorge Luis Borges, El otro, el mismo (Buenos Aires: Emecé, 1969), 175.

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