Lisboa, ese lugar recóndito, no pasa desapercibido nunca. Ni ahora ni antes. El futuro lo dirá, seguro.

Como un pariente lejano que vive fuera y que de vez en cuando regresa, ahí está lleno de historias sorprendentes. En espera de oídos afligidos, confiando en manos abiertas y con unos ojos llenos de “saudade”.

Desde aquel 1 de noviembre…

Corría el año de 1755, en Lisboa.

A las 9.30 de la mañana la ciudad fue sacudida por unas fuerzas internas, unas olas soterradas, una fuerza inconmensurable que provenía de las entrañas. Sin dar tregua, horas y horas de fuego y agua que quemaron y anegaron todo lo que encontraban a su paso. No valía escapar, ni gritar, ni refugiarse. Salvarse y sobrevivir a un monstruo escondido en las profundidades remotas del Atlántico: se despertó y provocó una pesadilla difícil de olvidar.

Tsunami y temblor repetidos arrítmicamente, abajo el imperio neoclásico de un país que aspiraba a regentar…

El día de celebración de los muertos, de todos los santos fue el infierno que agrietó edificios y fracturó calles. Desató una convulsión histórica, geográfica, social y…filosófica: La ira de Dios hecha carne; la cólera divina en los cuerpos inertes de decenas de muertos.

El marasmo se recompuso, el ser de Lisboa se rehízo y las piezas volvieron a encajar con tiempo, mucho tiempo.

Pero la nostalgia permanecería como la esencia lusa.

Hasta hoy…

La capital de Portugal siempre atrae. Muchos son los escritores, las poetas, los artistas que la ensalzan con sus obras, que la homenajean. Lisboa es una localidad que resiste los embates temporales y en la que permanecen reposando sentires de sus pobladores. Posee una memoria indeleble en sus rincones, en sus vías tortuosas, cuestas empinadas y cimas soleadas.

Ajetreo pausado, movimiento fluido, sonrisas y juegos, ropa tendida en las ventanas, olores de comida casera, melodía de añoranza. Su río rezuma cierto mal de la tierra y sus gentes exorcizan la pasión del ánimo añejo.

Bailes y brindis, pasteles y monasterios, torres y comercio. Vanguardia con sabor a viejo, el pasado presente y el misterio.

Siempre el halo de sorpresa, secretos a la vuelta de la esquina, teatros arcanos de momentos gloriosos; población diversa, risa a media asta.

Café y cuentos…

Lisboa nos invita a fantasear. Escenario de festivales y de suspense. Argumentos policiales, miedo a raudales en personajes de thriller. Todo es posible en sus recovecos.

Lisboa nos espera. A mí me inspira cierto temor y algunas lágrimas.

Niebla de noviembre, paseos con frío, soledad y esperanzas. Me sabe a corcho.

Calor de media tarde y la noche agazapada espera con sonidos lejanos de historias reales.

Seguridad mal apuntalada, crímenes de novela negra, persecuciones y fugitivos.

Carreras a toda velocidad, ascenso agotador…se vislumbra la luz mortecina de una calma en sobresalto atento.

Costa y montaña, colores apastelados y el puente vigía. Protagonista de tanta ficción, personaje coral de un futuro próximo.

El acervo popular lleno de ensoñaciones, travesías de ultramar. Correos y avisos, palabras a medias y el susto en el cuerpo. El argumento de una ópera y el libreto de un relato que se deshace en la boca de sus ancianos. En las plazas bajo el enramado, pertrechados de la temperatura de un mediodía cualquiera, las horas se estancan; no hay minutos ni prisa.

Podríamos vivir en medio de ese mosaico bullente, con el deseo de una puerta plácida a otros lugares a otros mundos.

Libros y pinturas, cerámica y prendas, máscaras de atrezo impresionante, disfraces que desaparecen al anochecer.

A mí me da miedo…

Difícil zafarme de la historia. De su historia y de su recuerdo. Con pocas ganas de volver con el ansia latente en un nuevo retorno.

Leer Lisboa y conocer Lisboa. Verla con nuevos ojos. Esa es la grandeza de la literatura hecha imágenes. Ese es el valor de la imagen reflejado en páginas literarias con sentimientos extremos con sensaciones flotantes.

Cantar narraciones conocidas, dar voz y risa al corazón. Biblioteca con volúmenes que plasman su vida. 

Desde aquel 1 de noviembre de 1755…

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